Bogotá no siempre es gris y fría. A veces se escabullen entre las nubes grises y los fuertes vientos algunos rayos de luz que le dan un tono dorado.

Con la intromisión del sol el cielo empieza a tornarse cobrizo, las chaquetas salen del cuerpo y las gafas oscuras de los estuches, y mi piel, que oscila entre los 2600 y 2767 metros más cerca de las estrellas, busca la sombra.

Quizá si no consumiera esos medicamentos podría ver el sol a los ojos. Jiji, pero no te engaño, la verdad es que con o sin ellos siempre me ha gustado verla escondida.